Convulsión febril atípica y el susto de nuestras vidas

Llevamos un invierno la mar de entretenido entre virus y más virus. El peque ha cogido como 6 bronquitis este invierno. De las cuales, una llegó en ambulancia al hospital y otra estuvo ingresado un par de días. Las demás las hemos solventado con algún que otro mascarillazo en el hospital y salbutamol (Ventolin) en casa.

Desde el ingreso le han diagnosticado “bronquitis de repetición” y le estamos dando una medicación de base que, aunque no nos apasiona tener que hacerlo, nos han dicho que es más inocua que tener que darle corticoides con cada bronquitis. La finalidad de la medicación base es intentar evitar o como mínimo espaciar más las bronquitis porque no salíamos de una y nos metíamos en otra. De hecho, mientras escribo este post estamos pasando por una.

Estoy deseando que llegue el verano para ver si notamos mejoría y no se pone malito tan a menudo. A ver si hay suerte.

Pero además de las bronquitis de repetición, hace un par de semanas tuvo fiebre alta durante varios días y él cuando coge fiebre tiende a que le suba mucho en muy poco tiempo. Es decir, pasa de tener 37 a 39 en cuestión de media hora o menos y, una vez le sube, le cuesta mucho que le baje. Así que como ya sabemos que le sube muy rápido la fiebre y cuesta mucho que le baje, le damos el antitérmico cuando vemos que tiene fiebre aunque no llegue a 38 porque sabemos que hasta que el antitérmico le haga efecto le seguirá subiendo.

El caso es que alguna vez con fiebre tan alta le había dado alguna que otra pequeña tiritera, incluso estábamos en alerta porque sabíamos que podría llegar a sufrir una convulsión febril. Esto lo sabíamos porque a uno de nuestros sobrinos le pasó de pequeño y ya nos explicaron en su día que las convulsiones febriles pueden llegar a darse en niños con fiebres altas, que son muy escandalosas, que asustan muchísimo, pero que son inocuas y no tienen ninguna consecuencia futura para el niño. Así que advertidos estábamos.

Con lo que no contábamos es con que el peque se quedará como ausente, como desmayado con los ojos abiertos.

Fue todo muy rápido. Le había subido la fiebre y le acabábamos de dar el antitérmico y estaba sentado en el sofá jugando con su hermana cuando pasé por su lado y lo vi mirando al infinito. Lo llamé pero no respondía, lo zarandeé del brazo y tampoco respondió, enseguida apareció mi marido a mi lado al escucharme y cogí corriendo a Arán en brazos a la vez que le decía a mi marido que el nene no reaccionaba. Cuando lo cogí en brazos se quedó como inerte con los ojos abiertos.

Mi marido me dijo que lo acercásemos a la ducha para ver si reaccionaba. Recordaré siempre como me pregunté mientras lo llevaba en brazos hasta la ducha si le latía el corazón. Fueron segundos, pero fueron los segundos más duros de mi vida hasta el momento. Cuando mi marido lo mojo un poco con agua, el niño reaccionó un poco, se medio despertó por decirlo de alguna manera, pero continuaba sin estar, sin volver en si. Estaba como atontado. No respondía a las preguntas, lloriqueaba, pero pese a mis zarandeos y más de un cachete en los mofletes no arrancaba a llorar.

Inciso: Esto fue lo que hicimos nosotros, que no quiere decir que sea lo que se tenga que hacer en estos casos. Fue nuestra reacción ante la situación en la que nos vimos.

Decidimos ir nosotros al hospital en vez de llamar a ambulancia porque lo tenemos a 5 minutos en coche y no sabíamos cuánto tardaría la ambulancia.

Llegamos al hospital bastante rápido, aunque el trayecto fue muy duro porque al peque se le desviaba la mirada hacía arriba y no terminada de reaccionar o de ser él. Cuando llegamos, mientras mi marido buscaba aparcamiento, me baje del coche con el nene en brazos y corrí por urgencias del hospital hasta encontrar a un sanitario.

Paré a la primera enfermera que vi para decirle que el niño había perdido el conocimiento. Ella se acercó, miró al peque y me tranquilizó. Me dijo que el niño estaba bien, que ya estaba reaccionando y que lo que le había pasado era “normal” en episodios de fiebres altas, que no me preocupase que ya estábamos allí y lo iban a mirar muy bien.

Aquí me derrumbé y solté todas las lagrimas y la tensión que había acumulado. Entre tanto apareció mi marido en urgencias, con la cara descompuesta y llena de eczemas del disgusto que llevaba. Se notaba que no acabábamos de pasar por el mejor rato de nuestras vidas.

Nos pasaron enseguida a un box, nos hicieron muchas preguntas, valoraron al peque en más de una ocasión y nos tuvieron en observación unas pocas horas hasta que, finalmente, nos enviaron para casa con las instrucciones que os comparto y que son de la Asociación Española de Pediatría y que creo que cualquier padre debería leer.

 

En conclusión, lo que le pasó a Arán fue una convulsión febril atípica. En vez de convulsionar “normal” tuvo una ausencia.

Como imaginaréis, nos llevamos el susto de nuestras vidas. Pasé mucho miedo y me faltaba el aire cuando se me pasaba por la cabeza que el niño no se iba a poner bien. Me puse en lo peor.

Pero bueno, por suerte todo quedó en un gran susto que ya pasó y es que, ves cada situación estando en urgencias de un hospital infantil que solo puedo alegrarme de que todo quedase en un susto y pudiésemos volver a casa con nuestro pequeño sano y salvo.

Lo dicho, espero que la información que os comparto os sirva de utilidad y si os pasa, aunque os llevaréis un susto muy grande, sepáis que es por la fiebre, que pasará y que el niñ@ estará como si nada.

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